José Aresté, RotSpanier 5807 en Mauthausen

Hoy se cumplen 70 años de la liberación del campo de exterminio nazi de Mauthausen, un lugar que fue un verdadero infierno para miles de republicanos españoles, entre ellos, mi tío José (deportado 5807). Y, puesto que el cinco de mayo es prácticamente el único día del año en el que se habla de los deportados españoles en los campos nazis, voy a aprovechar para compartir un pequeño recuerdo del viaje de la Amical de Mauthausen en el que tuve la suerte de participar hace ya unos años.

Os dejo este artículo, tal y como apareció en Aragoneses en el infierno de los campos de concentración, un libro editado en 2010 por el Gobierno de Aragón.

José Aresté en Mauthausen

José Aresté en Mauthausen

El quince de mayo de 2008 cinco alumnos del IES Bajo Cinca de Fraga subíamos a un avión que nos iba a llevar a Austria, no se trataba de un viaje lúdico ni de ocio y lo sabíamos. Íbamos a conocer, dejando aparte los libros, la historia de la gran guerra que se cernió sobre Europa hace ya más de sesenta años; íbamos a visitar los escenarios en los que miles de personas perdieron su nombre, su dignidad y su vida; e íbamos a escuchar a los protagonistas que, después de mucho sufrimiento, lograron salir de aquel infierno creado por los nazis.

Mauthausen es una fortaleza de piedra que se halla camuflada entre los verdes bosques austriacos y que ha sido testigo de la brutalidad con la que eran tratados los hombres en el interior de sus muros. Mientras recorríamos en autobús las carreteras que nos llevaban hacia allí, miraba el paisaje, pero me costaba creer que esos bellos parajes pudieran esconder algo tan terrible. Pensé en los prisioneros del campo: ¿admirarían el paisaje? Seguro que no, para ellos era una pesadilla.

PENTAX ImageLa fortificación se levantaba imponente y solemne ante nuestras miradas. Aun desde la distancia, se podía distinguir la chimenea de lo que, sin duda alguna, era el crematorio, que tantos cuerpos había visto convertirse en cenizas. Después, advertimos el hueco en la piedra que gracias a unos cuantos prisioneros, habían dejado el águila y la esvástica el día de la liberación. Lo agradecí, porque solo cruzar ese portón, aun sin notar la mirada acechante del águila imperial, sentí un respeto enorme: estábamos pisando el infierno, un infierno cuyas llamas habían sido extinguidas hacía años, pero cuyas cenizas reposaban en el corazón y la memoria de muchos de los que nos acompañaban.

Intenté hacerlo, pero no pude imaginar qué sentirían los ex deportados al volver a entrar al campo. Habían pasado hambre, habían sido torturados, explotados, tratados como animales, habían visto caer a sus amigos, a su familia… y a pesar de todo eso, estaban allí, volviendo a recordar y relatando todo eso. Nos mostraron las dependencias del campo: las duchas, la cámara de gas, el crematorio y por último, la escalera. Ciento ochenta y seis escalones desiguales que los prisioneros estaban obligados a bajar para acceder a la cantera y luego, subirlos de nuevo cargados con las rocas. Cada trayecto suponía una lucha, luchaban contra su propio cuerpo desnutrido para mantenerse con vida y para que sus esqueléticas piernas los mantuvieran en pie y así, sin desfallecer, alcanzar el anhelado final de la escalera. Una victoria más.

Los sentimientos se agolpaban, se fundían y provocaban emociones que pocos habíamos sentido hasta entonces; hasta que, en algunos casos, notábamos alguna que otra lágrima corriendo por las mejillas. Quizá el episodio que más emocionaba era ver a los ex deportados rodeados de banderas republicanas, erguidos y con expresión seria, atendiendo al himno que tantas veces escuchábamos, Los Soldados del Pantano. A medida que avanzaba la canción, sus rostros cambiaban, percibíamos emoción, dolor y sobretodo, recuerdo. Podíamos leer sus labios, cantando en alemán; y comprobar cómo, en el momento en el que la voz que interpreta el himno es acompañada por los coros y las palmas, sus ojos se llenaban de lágrimas.

Me siento privilegiada por haber podido compartir varios días de mi vida con José María Villegas, Juan Camacho, David Moyano, Enrique Vándor y José Alcubierre. Desgraciadamente, algunos de ellos ya nos han dejado pero, gracias al valor que demostraron enfrentándose a su propio pasado, su historia no quedará olvidada. Esto es un homenaje también para José Aresté, preso 5807 de Mauthausen; y para Manuel Rausa, un gran amigo y una gran persona a la que también perdimos. Manuel no fue prisionero de Mauthausen, pero vivió la II Guerra Mundial en primera persona y pasó tres años de su vida encerrado en un campo de trabajo en Brest. Él, como muchos otros, nunca dejó de defender sus ideales y sus valores, y siempre estuvo dispuesto a transmitir su historia a los más jóvenes porque, como él decía: “El pasado ha traído el presente, y el presente traerá el futuro. Ya que el pasado trae experiencia, la historia no puede hacer más que enseñarnos”.

Gracias, a todas esas personas, que se enfrentan una y otra vez a su propio pasado; y que nos han pasado el relevo a nosotros, los jóvenes, para dejar constancia de esos nombres y evitar que ninguno de ellos vuelva a quedar en el olvido. Nuestra tarea es que las que generaciones posteriores conozcan la historia del mundo en el que van a vivir, de su país e incluso de su propia familia.

 

Lucía Aresté, 2010.

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